MUJERES FILÓSOFAS…NO SE NACE MUJER, DOCUMENTAL SOBRE SIMONE DE BEAUVOIR…VIDEO EN CINCO ENTREGAS…


Filósofas

No es que no hayan existido mujeres filósofas. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, aunque ojalá después se hayan apropiado de sus ideas.

Umberto Eco

Alicia H. Puleo en su libro “Filosofía, Género y pensamiento crítico” se hace varias preguntas que nos vienen bien para reflexionar en esta sección: ¿Cómo se traduce la auténtica revolución del conocimiento que supone la categoría de género en el ámbito de la Filosofía? ¿Cómo se inició este trabajo académico en los años setenta y qué tareas están hoy en curso?

Las respuestas que da a estas preguntas son muy aleccionadoras:

Como resultado del proceso social de cambio puesto en marcha por el feminismo a partir de los años setenta, las ciencias humanas y la Filosofía han comenzado a revisar gran parte de sus presupuestos y teorías. Así, por ejemplo, en el ámbito de la educación se han realizado numerosos estudios para erradicar los materiales y las conductas sexistas. Hoy el término de coeducación nos remite a una serie de esfuerzos conscientes para que la escuela mixta ofrezca verdadera igualdad de oportunidades para ambos sexos en el aprendizaje. La Sociología ha corregido graves deformaciones de sus estudios debidas a la invisibilización de las mujeres. En el caso que aquí nos interesa, el de la Filosofía, se han desarrollado diferentes tipos de investigación. Por el momento, sólo quiero señalar que ha habido una evolución en los objetivos y en el objeto de interés. Me limitaré, pues, a enumerar los tipos de trabajos existentes.

Muchos de los primeros trabajos realizados a partir de los años setenta pueden ser caracterizados como la búsqueda de “perlas de la misoginia”. Se identificaban y recopilaban pasajes particularmente desfavorables a las mujeres en la obra de filósofos famosos, pasajes púdicamente silenciados, en general, por los manuales. Pero esta tarea pronto se convirtió en algo más complejo y elaborado. La identificación del sexismo ha tomado la forma de genealogía y análisis de conceptos y teorías, así como de detección de contradicciones internas en el discurso universalista del filósofo.

También se ha procedido a rastrear en el pasado para reconstituir una línea filosófica emancipatoria perdida una y otra vez en los corsi e ricorsi de la Historia. Recuperar los nombres y los textos de pensadoras y pensadores que fueron capaces de criticar el orden estratificado de género en épocas anteriores al surgimiento del feminismo contemporáneo ha sido una tarea importante.

La formación de una conciencia de género requería, asimismo, luchar contra tópicos arraigados como el de la inexistencia de filósofas. Rescatar del olvido o de la sombra de algún gran hombre a pensadoras de mérito es otro de los modos que ha tomado la investigación de género. Ambas tareas -constitución de un corpus filosófico no sexista y reconocimiento de la obra filosófica realizada por mujeres- son fundamentales.

El análisis de las teorías consagradas no se limitaría a señalar incoherencias o falsos universalismos constitutivos de sexismo. También comenzaría a sospechar sobre la existencia de un sesgo androcéntrico, es decir, de un presupuesto general no consciente por el que las experiencias y valores masculinos se constituyen en norma, modelo y centro de la construcción teórica. Esta crítica al androcentrismo se ha desarrollado tanto en el ámbito de la ética como en el de la epistemología, la metafísica o la Historia de la Filosofía.

Cabe señalar que, hoy en día, el arraigo y la fuerza del pensamiento feminista en Filosofía son tan grandes que éste ya no se limita únicamente a denunciar el sexismo y el androcentrismo, sino que mantiene debates internos entre distintas corrientes de interpretación del sistema de género y realiza propuestas de Filosofía Política que están siendo discutidas en los Parlamentos occidentales. Este es el caso, por ejemplo, de la democracia paritaria.

En relación con algunos de los supuestos manejados por Alicia H. Puleo, podemos encontrar opiniones de gran calado como la de Umberto Eco, semiólogo y escritor italiano, que en un artículo titulado “Filosofar en Femenino” publicado en el Diario La Nación de Argentina en 2004, decía:

En estas líneas se recorre la historia de la filosofía  y los claustros
de las grandes universidades en busca  de mujeres filósofas. Y el autor
encuentra algunos nombres, todos olvidados por los hombres filósofos,
excepto el de Hipatia, maestra en Alejandría, en el siglo V.
“La antigua afirmación filosófica de que el hombre es capaz de pensar en el
infinito mientras la mujer da sentido a lo finito puede ser leída de
diversas maneras: por ejemplo, suponer que como el hombre no sabe hacer
niños, se consuela con las paradojas de Zenón.
Pero a partir de la afirmación del género se ha difundido la idea de que si
bien la historia (al menos del siglo XX) nos ha hecho conocer grandes poetas
y narradoras, y científicas de diversas disciplinas, no nos ha ofrecido
mujeres filósofas ni matemáticas.
Desde hace mucho tiempo la distorsión del género ha dado lugar a la
convicción de que las mujeres no han sido afines a la pintura, con las
únicas excepciones de las conocidas Rosalba Carriera o Artemisia
Gentileschi. Sin embargo, la ausencia de mujeres en ese campo era algo
natural, ya que como la pintura se concentraba en los frescos de las
iglesias, subir a los andamios con faldas no era algo decente, ni tampoco
era tarea de mujeres dirigir un taller con 30 aprendices, ellas a duras
penas podían hacer pintura de caballete. Es un poco como decir que los
judíos se han destacado en muchas artes pero no en la pintura, hasta que
llegó Chagall.
Es cierto que su cultura era eminentemente auditiva y no visual, y que no
debían representar la divinidad por medio de imágenes, pero existe una
producción visual de indudable interés en muchos manuscritos judíos. El
problema es que era muy difícil, durante los siglos en los que el arte
figurativo estuvo en manos de la iglesia, que un judío fuera estimulado a
pintar madonnas y crucifixiones, y sería como asombrarse de que ningún judío
se haya convertido en Papa.
Las crónicas de la Universidad de Bologna citan a profesoras como Bettisia
Gozzadini y Novella d'Andrea, que eran tan bellas que debían dar sus
lecciones detrás de un velo para no perturbar a los estudiantes, pero
ninguna enseñaba filosofía.
En los manuales de filosofía no encontramos mujeres que enseñaran dialéctica
o teología. Eloísa, la brillantísima e infeliz estudiante de Abelardo, tuvo
que contentarse con ser abadesa. Pero el problema de las abadesas no debe
tomarse con ligereza, y a él ha dedicado muchas páginas una mujer filósofa
de nuestro tiempo como María Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad
espiritual, organizativa y política y desempeñaba funciones intelectuales
importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de filosofía debe
consignar entre los protagonistas de la historia del pensamiento a grandes
místicas, como Catalina de Siena, por no hablar de Hildegarda de Bingen,
que, en cuanto a visión metafísica y a perspectivas sobre lo infinito,
resulta difícil de superar aún en nuestros días.
La objeción de que la mística no es filosofía no tiene fundamento, porque la
historia de la filosofía reserva un espacio a grandes místicos como Suso,
Tauler o Eckhart. Y decir que gran parte de la mística femenina daba mayor
importancia al cuerpo que a las ideas abstractas sería como decir que de los
manuales de filosofía habría que hacer desaparecer, entre otros, a
Merleau-Ponty.
Las feministas hace tiempo han elegido a su heroína Hipatia, quien, en
Alejandría, en el siglo V, era maestra de filosofía platónica y alta
matemática. Hipatia se convirtió en un símbolo, pero de su obra
prácticamente sólo quedó la leyenda, porque se perdió y también la propia
Hipatia, literalmente hecha pedazos por una turba de cristianos enfurecidos,
que según algunos historiadores fueron instigados por cierto Cirilo de
Alejandría, quien, más tarde aunque no por esto, fue convertido en santo.
¿Pero sólo habrá existido Hipatia? Hace poco más de un mes fue publicado en
Francia (en Arléa) un librito, Histoire des femmes philosophes. Según se
revela, el autor, Gilles Mónage, vivía en el siglo XVII, era un latinista,
preceptor de Madame de Sévigné y de Madame de Lafayette, y su libro,
aparecido en 1690, se titulaba originalmente Mulierum philosopharum
historia.
Hipatia no estaba nada sola: aunque está principalmente dedicado a la
filosofía clásica, el libro de Mónage presenta una serie de figuras
apasionantes: Diótima la socráte, Areté la cirenaica, Nicareté la megárica,
Iparchia la cínica, Teodora la peripatética (en el sentido filosófico del
término), Leoncia la epicúrea, Temistoclea la pitagórica. Y Mónage, tras
examinar textos antiguos y la obra de los Padres de la Iglesia, llegó a
citar a más de sesenta y cinco, si bien considerando la idea de filosofía en
un sentido bastante amplio.
Si se toma en cuenta que en la sociedad griega la mujer era confinada tras
los muros domésticos, que los filósofos preferían entretenerse con
jovencitos y que para gozar de pública notoriedad una mujer debía ser
cortesana, se comprenderá el enorme esfuerzo que deben haber hecho estas
pensadoras para poder afirmarse. Por otra parte, como cortesana, pero de
calidad, se recuerda a Aspasia, señalando que era versada en retórica y en
filosofía y a quien (según da testimonios Plutarco), Sócrates frecuentaba con
gran interés.
Me fui a hojear al menos tres enciclopedias filosóficas y de todos estos
nombres (salvo Hipatia) no encontré ningún rastro. No es que no hayan
existido mujeres filósofas. Es que los filósofos han preferido olvidarlas,
aunque ojalá después se hayan apropiado de sus ideas”.

FILÓSOSOFAS DE DISTINTAS ÉPOCAS

ANTIGÜEDAD

Las primeras mujeres filósofas de las que se tiene noticia estuvieron vinculadas a la escuela pitagórica (siglo VI a. C). Sus ideas, sin embargo, fueron atribuidas a su fundador, Pitágoras. Poco después aparecen algunas mujeres relacionadas indirectamente con la filosofía, como Aspasia de Mileto, protectora de Protágoras y promotora del pensamiento y la cultura en la Grecia de Pericles. También hubo mujeres filósofas en las escuelas epicúrea y estoica, tanto en Grecia como en Roma. En la escuela cínica destaca Hiparquía de Tracia (siglo IV a. C).

Hacia el final del período helenístico despunta Hipatia de Alejandría, la mujer científica y filósofa más importante de la antigüedad. Estudió las obras de Platón y Aristóteles, pero se dedicó sobre todo a la astronomía y la matemática.

EDAD MEDIA

Durante este período y por influencia del cristianismo, la mujer fue considerada como origen del pecado, la impureza y la debilidad. Excluidas del culto y marginadas de la vida social, las mujeres tenían prohibido el acceso a la cultura.

En esta época las mujeres laicas no contaban, en general, con la suficiente instrucción. Por el contrario, sí hubo mujeres cultas en los conventos y monasterios: bibliotecarias, escribanas y enseñantes, que escribieron obras sobres sus experiencias místicas, así como algunos tratados científicos.

En esta línea destaca Hildegarda de Bingen (1098-1179), que dejó escritos de astronomía, botánica y medicina, así como libros proféticos, basados en sus visiones .

RENACIMIENTO

Durante el Renacimiento, la filosofía continuó en manos masculinas, aunque algunos pensadores ya reconocían la influencia de las mujeres en el terreno de la cultura. En este sentido, se elaboraron elencos de mujeres célebres, con el fin de completar la trayectoria del pensamiento humano desde la antigüedad.

Progresivamente se fueron debilitando las condiciones que impedían el acceso de las mujeres a la cultura y aumentó el número de mujeres que escribían poesía y se interesaban por la ciencia, la política y la música, fundamentalmente entre la clase noble.

Así por ejemplo, Galileo mantuvo correspondencia con la duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, a propósito de sus descubrimientos en astronomía y la defensa de las tesis copernicanas.

En el ámbito religioso y, concretamente, entre los reformadores católicos, destaca Teresa de Jesús (1515-1582), fundadora de monasterios y escritora. Su aguda percepción del dolor existencial humano se plasma en obras como Las moradas (1577), donde propone un camino interior de redención que conduce a la beatitud.

La obra de Teresa de Jesús ejerció una enorme influencia sobre la teología de su época y posteriores, en particular sobre la teología mística, al subrayar el aspecto psicológico y emotivo de la experiencia religiosa.

BARROCO

Madame de Sevigné (1626-1696). Isabel de Bohemia (1618-1880). Lady Conway (1631-1679). Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695).

ILUSTRACIÓN

Madame de Chatelet (1706-1749). Olympe de Gouges (1749-1793). Mary Wollstonecraft (1759-1797). Madame de Staël (1766-1817).

LA MUJER Y LOS MOVIMIENTOS SOCIALES DEL XIX

Flora Tristán (1803-1844). Eleanor Marx (1855-1898).

LA MUJER Y LA FILOSOFÍA EN EL SIGLO XX

Rosa Luxemburgo (1871-1919). Maria Montessori (1870-1952). Edith Stein (1891-1942). Simone de Beauvoir (1908-1986). Simone Weil (1909-1943). Hanna Arendt (1906-1975). Ayn Rand (1905-1982). María Zambrano (1904-1991).

  • Aspasia De Mileto
  • Teano
  • Perictione
  • Hipatia
  • Hildegarda De Bingen
  • Otliva Sabuco (1562-?)
  • Santa Teresa De Jesús
  • Isabel De Bohemia
  • Anne Finch Conway
  • Sor Juana Inés De La Cruz
  • Marquesa De Châtelet
  • Mary Wollstonecraft
  • Olympe De Gouges
  • Madame De Stäel
  • Flora Tristan
  • Harriet Taylor (1807-1858)
  • Madame Blavatsky
  • Eleanor Marx
  • Lou Andreas Salomé
  • María Zambrano
  • Simone Weil
  • Amelia Valcárcel
  • Victoria Camps
  • Celia Amorós
  • Adela Cortina
  • Asunción Herrera
  • Alicia Miyares
  • Agra, María Xosé
  • Burgos Díaz, Elvira
  • Cavana, María Luisa
  • Cobo, Rosa
  • De Miguel, Ana
  • Duran, María Angeles
  • Femenias,María Luisa
  • López Pardina, Teresa
  • Posada Kubissa, Luisa
  • Puleo, Alicia H.
  • Rodríguez Magda, Rosa María
  • Roldán, Concha
  • Rubio, Ana

Copyright  @ FMP (Federación Mujeres Progresistas)

Hipatia de Alejandría

LA MUJER GRIEGA

En la Grecia de Platón y Aristóteles ser mujer no era, desde luego, algo deseable. Las mujeres tenían prácticamente el mismo estatus social que los esclavos, lo que suponía que no podían participar en la política ni tener derechos cívicos de ninguna clase.

Ser ciudadano griego de plenos derechos estaba reservado a una élite no muy numerosa que no suponía nunca más de una cuarta parte de la población total: hijos varones de padre y madre libres y nacidos en la pólis de residencia. Eran ellos los únicos capaces ejercer una vida pública que los hacía merecedores de estimación . El tomar parte en los actos públicos, asambleas, teatro, juegos, ritos y competiciones era monopolio de los varones libres (salvo raras escepciones) y objeto de su máximo orgullo: o se era ciudadano o no se era nada. Por ello, una de las sanciones más comunes en Grecia era el ostracismo, el exilio forzoso o la atimía, es decir, la pérdida de los derechos civiles que impedían a un ciudadano participar de la vida pública, con lo que se le reducía a la nada.

La exclusión de las mujeres de la vida pública hacía que ésta quedara relegada a la vida doméstica: el mantenimiento de las posesiones y las tareas domésticas así como el cuidado de los niños eran sus tareas cotidianas. La mujer no era ciudadana sinó hija o esposa de ciudadano.Salvo en Esparta, no había escuelas especiales para muchachas y la educación no se dirigía a ellas. Todo lo aprendían en el ámbito privado de su madre, hermanas o esclavas. Por lo tanto, el analfabetismo era muy alto en este grupo. Excepcional fue el círculo de Safo, la poetisa de Lesbos, que aunó un grupo de mujeres en el s.VI a.C. donde se formaban en la poesía , el canto y la danza y donde eran normales las relaciones homosexuales.

Todo ello hacía difícil que hubiera un acercamiento igualitario y satisfactorio entre hombres y mujeres o, incluso, entre esposos. Difícilmente podría encontrar alicientes un hombre culto en la relación con su mujer debido a sus carencias. Tampoco pretendían otra cosa.
El paso a la edad adulta en la mujer venía marcado por el casamiento, verdadero rito de paso para ella. El matrimonio no era una relación privada hombre-mujer, sinó una transacción masculina, un contrato entre el padre de la novia y su futuro marido. El padre entregaba a la hija junto con una dote, y ésta pasaba de la casa paterna a la casa del marido, propiciando con ello el orden ciudadano: la herencia y los hijos legítimos, futuros ciudadanos de la pólis. Esto provocó también que el infanticidio femenino en Grecia estuviera bastante extendido, y que la exposición o el abandono de las hijas fuera más frecuente que el de los hijos varones. Los más pobres no tenían más alternativa que la exposición si nacían muchas hembras, ya que difícilmente podrían hacerse cargo de sus dotes.

La marginación de la mujer trajo consigo que ésta se integrara en cultos y sectas alternativas a las “oficiales” y propias de los ciudadanos de las póleis.Las sectas mistéricas se dirigían al hombre concreto , y se admitía en ellas a extranjeros, esclavos y mujeres, es decir, a los grupos marginales. Muchas de estas sectas formaron sociedades paralelas y formas de vida articuladas a través de preceptos, obligaciones y prohibiciones que se enfrentaban claramente a los poderes establecidos a través de la diferenciación: no comer carne, vivir a las afueras de las ciudades, rechazo del sacrificio animal, etc.

Entre estas sectas se encuentran el orfismo, el pitagorismo y los ritos dionisíacos. En estos últimos , las mujeres celebraban las fiestas del dios de una manera desbocada y lujuriosa, vestidas con pieles de animales, andaban errantes, embriagadas y en éxtasis por los campos y los bosques, sembrando el terror. De ahí que se les diera el nombre de Ménades, (las furiosas) o bacantes, (acompañantes del dios Baco, otro nombre de Dionisos).Los excesos que acompañaron a estas fiestas indujeron al senado romano a decretar su prohibición en el 186 a. de C.
Si esto es así, resulta al menos curioso, que Platón, en la “República”, presente un proyecto de Estado en el que la mujer pueda salir de su exclusión y marginación: la ausencia de propiedad privada en la clase de los guardianes y la eliminación del núcleo familiar, libera a la mujer de los cuidados del niño, que son tarea común, y la permiten incorporarse a la vida política de la comunidad. Esto, sin embargo, indica de manera clara, que el ámbito de lo privado, de lo doméstico, era absolutamente despreciado por el filósofo. Para ser ciudadana con plenos derechos, la mujer ha de parecerse al hombre. Ha de ser un hombre.

” -Por consiguiente, querido mío, no hay ninguna ocupación entre las concernientes al gobierno del Estado que sea de la mujer por ser mujer ni del hombre en tanto hombre, sino que las dotes naturales están similarmente distribuídas entre ambos seres vivos, por lo cual la mujer participa, por naturaleza, de todas las ocupaciones, lo mismo que el hombre; sólo que en todas la mujer es más débil que el hombre.
-Completamente de acuerdo.
-¡Hemos de asignar entonces todas las tareas a los hombres y ninguna a las mujeres? -No veo cómo habríamos de hacerlo.
-Creo que, más bien, diremos que una mujer es apta para la medicina y otra no, una apta por naturaleza para la música y otra no.
-sin duda.
-¿ Y acaso no hay mujeres aptas para la gimnasia y para la guerra, mientras otras serán incapaces de combatir y no gustarán de la gimnasia?
-Lo creo.
-¿ Y no será una amante de la sabiduría y otra enemiga de ésta? ¿ Y una fogosa y otra de sangre de horchata?
-Así es.
-Por ende, una mujer es apta para ser guardiana y otra no; ¿No es por tener una naturaleza de tal índole por lo que hemos elegido guardianes a los hombres?
-De tal índole, en efecto.
-¿ Hay, por lo tanto, una misma naturaleza en la mujer y en el hombre en relación con el cuidado del Estado, excepto en que ella es más débil y el más fuerte?
-Parece que sí.
-Elegiremos, entonces, mujeres de esa índole para convivir y cuidar el Estado en común con los hombres de esa índole, puesto que son capaces de ello y afines en naturaleza a los hombres.
-De acuerdo.
-¿ Y no debemos asignar a las mismas naturalezas las mismas ocupaciones ?
-Las mismas.
-Tras un rodeo, pues, volvemos a lo antes dicho, y convenimos en que no es contra naturaleza asignar a las mujeres de los guardianes la música y la gimnasia.”

(REPÚBLICA, V, 455b-456.)



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