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Ya nada me dirás y no pregunto

he reflexionado, no sirve encontrar excusas

para un niño muerto de hambre, para  una mujer ultrajada, para un hombre mutilado

si uno es responsable y no

si uno desvía la mirada y no

es esa angustia existencial que agobia

maldita, débil angustia existencial

que me hace sentir humana,

en común unión con todos mis seres,

no la maldigo,nó, es necesaria

mi alma crece y se soslaya

con la caridad, sentimiento antiguo, sentirse ser,

y es que nada dirás porque estás en mi y no pregunto

las respuestas las tengo,

yo, tú y la humanidad,

y una corriente eléctrica que une todo: el amor

llámase conjunción potencial de virtudes

llámase regocijo interior

está y se esconde y reaparece y me recuerda

que sonreí, lloré, amé, me recuerda que vivo.

Nada me dirás porque lo sé todo, tú y yo , consustanciados, hermanos, existiendo.

Y.B-

YO LA VI LLORAR.

La vieja casona gruñe sus propios ruidos por la mañana, despertándose.

Desde la cama, Beatrice los escucha y reconoce: el crujir del séptimo escalón, el tenue vibrar del cristal labrado de la puerta cancel, y el sol que se desliza por los vidrios de la claraboya , despertando los colores del antiguo vitral.

Se incorpora al frío del dormitorio y se viste con la casi ansiedad adolescente que viene turbando desde hace tiempo sus mañanas dominicales.

Se peina lenta frente al espejo del antiguo tocador de roble ,que conserva en los cajoncitos labrados y en la luna de plata la memoria de similares reflejos de las mujeres de la familia, y casi sonríe.

En el cuarto contiguo, su hermana estará despierta, probablemente fumando a escondidas, como en los últimos treinta años. Abrirá Clara apenas la ventana, para disipar el humo, intentando, travesura casi infantil, ocultar el vicio que toda la casa conoce y disimula, y del que ha prometido deshacerse desde su ineludible ingreso a la viudez.

Entre tanto, el ritual de la mañana del domingo varía tanto como lo puede suscitar el repetido acontecimiento de la misa.

Apenas entibia el día, el trajinar de Ana en la cocina, recién llegada de la calle, le agrega sonidos cristalinos al tenue concierto de pisos de roble, mármoles y estucados sonoros.

_Clara, Clara-llama tocando la puerta que comunica ambos cuartos -¿estás levantada? Del otro lado, agitando las manos en el aire, disipando el humo gris, Clara se sobresalta como pescada en falta: – Ya estoy, ya estoy, me peino y bajo.

Beatrice percibe el olor a tabaco y sonríe; -Te espero abajo entonces, no demores.

Durante el desayuno, Ana pavonea sus vitales treintas entre ollas y tostadas, y expone los últimos chismes del barrio, disertando sobre vida y obra de vecinos, familiares y allegados. Tampoco escapan a su afable agudeza los amarillentos dedos que Clara intenta disimular; ni el inocente pero levemente dulce perfume de esa colonia que envuelve a Beatrice, como todos los domingos.

Beatrice visita la iglesia entre semana ,y suele asistir a casi cualquier boda o bautismo que se celebre allí; además de acompañar regularmente a su hermana, y aburrirse, en las partidas de canasta y lotería que comparten con otras señoras del barrio , y el propio sacerdote, a beneficio del salón parroquial.

Cuando la mañana se desliza suave entre los árboles, y el sol tibio presagia una primavera ya no muy lejana, del brazo de su hermana, Clara camina todo lo rápido que le permiten sus pies torcidos. –Más despacio ché, qué tanto apuro,-protesta zarandeada-, si la iglesia no se va a ningún lado. –No quiero llegar tarde- responde la más joven, agitada.

Recién al pisar la sombra del gris campanario aminoran el paso, y Clara puede respirar tranquila. –Andá entrando vos, que todavía es temprano; yo voy a saludar a las primas. –Ya fumar, claro- piensa Beatrice. Sube sola la pequeña escalinata y se interna en la penumbra húmeda del atrio.

Siempre le provocan las iglesias un cierto temeroso bienestar, como si Dios la observara sólo a ella, protegiéndola. Algunas personas ya están sentadas en los bancos de la nave central, rezando o conversando en voz baja; pero ella se dirige, como siempre, a la nave lateral, siguiendo los últimos pasos del Vía Crucis, hacia la imagen de La Madre.

Arden algunas velas frente a La Virgen, tenuemente iluminada, y apenas llega hasta allí el leve rumor de las oraciones, comentarios, y toses contenidas. Se inclina y la saluda reverente, como viejas conocidas.

Desde niña la ha conmovido la imagen de la que fuera elegida para concebir al hijo de Dios; (la capacidad ilimitada de adaptarse a la sensación de unicidad con el todo, la irremisible necesidad de cambiarle la historia a la condición humana, al establecido orden del hombre encabezado por El Hombre,) en nombre de Dios.

Arrobada, pide en su oración, como devota, por la salud y el bienestar de todos y cada uno; por el buen fin de la humanidad y otros desprendidos sentimientos, que, con ser auténticos, no dejan de ser sin embargo la superficie del lago diáfano de lo que ella considera su alma.

Después, como mujer, casi confidencial y con aquel leve temblor en el pecho que la cohíbe , sacando fuerzas de tristezas, se asoma al borde de su corazón y lo abre cándida , a la única que sabe podría entender la ternura que la invade. En su oración la imagen vuelve a escuchar (si consideramos razonable la idea de una imagen atendiendo plegarias) las mismas confidencias que domingo a domingo vuelve a verter la que, sin siquiera entenderlo , silencia para los demás ciertas emociones que le hablan de amor.

Pero esta vez se quiebran los andenes del sentir, se vuelvan las aguas contenidas del pudor más recogido y la plegaria le desgarra los sentidos, transportándola.

Está sola, sumergida en el manso universo de la pequeña nave, rodeada de silencio, casi entumecida.

Entonces se desdobla la realidad, el dolor le oprime el pecho, y la ve llorar.

Ruedan lentas lágrimas por las mejillas y se detiene el tiempo.

Toda su vida esperó, sin saberlo, por este momento, por esta sensación de piedad angustiada, de amor.

Luego, lentamente, el tiempo vuelve a su lugar y comienza a deslizarse lánguido hacia su cauce. Respira hondo y cierra los ojos, oprimiéndolos. Pero al abrirlos ahí están: las lágrimas reflejan leves pero reales la luz de las velas, iluminando las mejillas de la imagen. Quiso hablar, pero no pudo; quiso ponerse de pié pero las piernas no le responde; quiso agradecer, pero la luz le nubla el pecho.

Entonces lo supo.

Cuando se sentó junto a su hermana, todavía  le temblaban las manos, todavía latían las sienes, todavía lucía por dentro; pero no dijo nada. Durante toda la misma mantuvo fija la mirada en el sacerdote, esperando alguna señal, algún signo de reconocimiento, algún atisbo del fulgor que sentía la invadía. Solo Clara la miraba de reojo, preocupada por el sentir que creía haber adivinado, hace tiempo ya, en su hermana.

La ceremonia transcurrió normalmente, y Beatrice la vio pasar como agua fría que se va enturbiando; presentía albor en el pecho y hormigas en los dedos. Pero él no la vio, nadie supo descubrir el éxtasis. Nadie.

Leve, como deslizándose, salieron de la iglesia en silencio.

Ella, sin haber pasado por el confesionario, del brazo de Clara, casi flotando, su hermana inquieta por un extraño sentimiento que no supo descifrar, pero le provocaba un cierto temor poco racional. En el camino de regreso casi no hablaron, a pesar del tumulto de pensamientos que, como los pájaros, se alborotaban por encima de sus cabezas.

Esa noche el sueño vuelve a descolgarse, nítido, desde algún rincón oculto del recuerdo. Otra vez la imagen tenue de la mujer que se acera entre la luz, cegándola, y le sonríe; otra vez el dolor insoportable clavado en su vientre despertándola en la noche.

Cada vez más fuertes, cada vez más vívidos, los sueños se amontonan noche tras noche provocando la memoria, volcándose en los sentidos, nublándola (al despertar siempre un nombre flotando tenue en la memoria). No puede creer en aquello, pero algo la empuja lento hacia algún lugar que, intuye, no pareciera tener retorno. Las preguntas vuelven a quedar pulsando en el aire: ¿por qué ella?; ¿qué fugaz designio la tiene atrapada en esta burbuja de sin tiempo? (¿Por qué él?)

La respuesta, piensa, quizá no la encuentra en la iglesia, (quizá en si misma) quizá en la fe.

Durante generaciones su familia se ha propuesto descubrir ciertas verdades sobre la vida, ocultas(con buen tino probablemente) al resto de los mortales; sin demasiado éxito tal vez. Su abuelo y su padre, que en paz descansen, además de reconocidos boticarios de aquel Montevideo casi mítico, consagraron su vida a la alquimia primordial de la creación , al orden del caos, a la fugaz realidad del universo. El sótano todavía guarda los recuerdos de aquellos tiempos encerrados en cientos de frascos y probetas, y miles de páginas de libros prácticamente indescifrables (Paracelso y los alquimistas acumulan polvo en los estantes, como esperando). Desde niña, acompañando a su padre y hasta su muerte, Beatrice les ha dedicado horas de lectura; simplemente leyéndose en voz alta cuando él ya casi no podría ver, y tomándolo como un juego , un entretenimiento para las tardes sofocantes de enero en la fresca penumbra del sótano. Ahora, años después, se entretiene bajando y releyendo cenicientos y antiguos libros que hablan de asuntos tan distintos y similares como filosofía y transmutación, química y macrocosmos.

Todos los frascos que su padre utilizara tanto para trabajar como para investigar siguen en sus estantes, ambarinos, polvorientos, etiquetados con la letra graciosa y ágil del que murió sin lograr sus metas más preciadas.

El tiempo parece, a veces, estirarse y enredarse en si mismo, como el perfume del jazmín de la glorieta, que se cuela suave por las ventanas abiertas al infinito del patio interior. Días y semanas acumuladas en meses la van acercando cada vez más a la idea que, por inverosímil, antes habría rechazado, y que, un día cualquiera termina penetrando, delicada aguja de hielo, la razón de la memoria.

Esa misma tarde, agitada, nerviosa, Beatrice recorre temprano el camino que la lleva, sobre plumas, a la iglesia (sola esta vez). Transita la silente frescura de la nave y se dirige, casi temblorosa, al confesionario, que espera en secreto, resuelva su dilema. Una sola  señal, quizá una frase, la separa del que probablemente presiente como el paso más importante a dar. (El diminuto frasco cristalino, escatológico apoyo de la fe, prometa la consagración del destino último del hombre en el universo).

Despertará hoy sin los ruidos de la casa, saliendo lentamente del sueño, limpio, profundo, liviana como una pluma (leve como el placer); pero quizá permanezca en la cama. Ignorando las voces en la cocina (el repicar del teléfono rompiendo la quietud de la mañana), esperará sutil el arribo de la noticia ;(la sorpresa en el desayuno provocará acaso infinitas reflexiones sobre la vida).

Los pasos chuecos de su hermana en la antigua escalera sonora le acercarán nerviosa (Clara, en el apuro, olvidará probablemente el cigarrillo entre los dedos) la noticia que resuena mundana entre vecinas y feligreses. La casa se irá animando lenta, junto con Beatrice, casi sorprendida y silenciosa (el frasquito de cristal, vacío, pulsando bajo la almohada).

El tenue palpitar del vitral, extendiéndose silente en la mañana, inaugurará los domingos que vendrá.

Carlos Marcelo Carugo. Montevideo

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